Fotografía
April 1st, 2008
Click. He aquí un intento de mostrar lo que la fotografía significa para mí. Click. He aquí un pequeño relato de cómo esta expresión artística se introdujo en mi mundo. Click. He aquí la fotografía vista desde mi ‘lente’.
Creo que desde pequeña he demostrado tener cierta debilidad por cualquier expresión artística. Reconozco que nunca he destacado en ninguna y, de hecho, creo que sólo las conozco de forma superficial. Me gusta la pintura y visitar museos, me gusta Monet y disfruto viendo sus cuadros. Me apasiona la música y mi estado anímico varía en función de la canción que esté escuchando en ese momento. Pueden llevarme a un estado de éxtasis (orgasmo espiritual, así lo llama Santana) o a la tristeza, dependiendo del momento, de la melodía y de las letras. Pero sí, la música es muy importante en mi vida. Me encanta el cine y aunque con menos frecuencia, de vez en cuando intento sentarme en una butaca y disfrutar de dos horas de un buen largometraje. Adoro la poesía, la escultura, la arquitectura, la escritura, cualquier expresión artística que estimule mis sentidos.
Admiro la fotografía. Recuerdo que, cuando me trasladé a California para cursar un semestre en la Universidad de Santa Clara, definí esta expresión artística como ‘magia’. Me encontraba en una de nuestras primeras clases de fotografía y nuestra profesora, Renee Billingslea, nos pidió que escribiéramos una pequeña memoria describiendo qué significaba para nosotros la fotografía. No hallé otro término para definir esta expresión artística. It’s pure magic. Eso fue lo que escribí.
Lo cierto es que no me fue fácil acceder a esta clase. Cuando mi compañera y yo nos presentamos en la universidad, nos dijeron que no habíamos sido registradas en las clases y que, por lo tanto, íbamos a tener que escoger aquellas asignaturas que aún no habían llegado a su límite de capacidad admitida. Acababa de comprar una réflex, una Canon EOS 300, y no estaba dispuesta a quedarme fuera de la clase de fotografía básica. Hablé con la responsable de Relaciones Internacionales de la universidad y ésta se puso en contacto con la profesora de fotografía. Me envió un e-mail y me pidió que pasara por su despacho para hablar con ella. Charlamos y casi llegué a suplicarle que me admitiera en su clase, quería aprender a sacar fotos. Me admitió y desde aquel día, mi perspectiva sobre la fotografía cambió por completo.
Siempre me he sentido atraída por la fotografía. Mi padre es aficionado a esta expresión artística y siempre que podía, cogía su cámara para sacar una foto, que casi siempre salía desenfocada… mi primera cámara la recibí, como en otros muchos casos, en mi Primera Comunión. Fue un regalo de mis aitonas. La estrené en un viaje que hice a Futuroscope con mi primo y mi vecina. Fueron llegando otras cámaras compactas, más modernas y menos pesadas, hasta que adquirí la Canon EOS 300.
Era la única estudiante de intercambio en la clase de fotografía. Había una veintena de alumnos, entre ellos mi vecino Mike. Sólo dimos cuatro clases teóricas, las suficientes para adquirir unas nociones básicas. El resto fue capturar y capturar imágenes, para después revelarlas y positivarlas. En mi clase había verdaderos artistas, como James, un británico hippie que se trasladó a los EE.UU. para cursar sus estudios de Bellas Artes. Era un genio, su fotografía me fascinaba. Era original, diferente, era arte. También me fascinó la obra de Jenn, una chica de Florida que siempre conseguía sorprenderme con sus conocimientos técnicos. Jamás olvidaré la imagen en la que se veía un mar tranquilo y encima, superpuesto, su rostro con unas lágrimas que caían por sus ojos. La fotografía estaba dedicada a su fallecida madre.
Fue tan enriquecedor asistir a esta clase. Mi primera fotografía positivada fue una ardilla que reposaba en el tronco de un árbol del campus. Me llevó una hora conseguir esta instantánea y como todas las primeras veces, creo que tampoco olvidaré ésta. El cuarto oscuro, un lugar excitante en el que daba rienda suelta a mi imaginación (casi mejor guardar lo que pasaba por mi mente cuando estaba allí…), las presentaciones de proyectos, un rincón donde podía admirar el trabajo de mis compañeros y aprender de sus fotografías. Esta clase dejó huella en mí, pero cuando regresé de California dejé la fotografía aparcada.
Charlie sugirió que me acercase a la Asociación Fotográfica Irunesa (AFI), pero sentí que yo no iba a ‘empastar’ en ese lugar. El tiempo pasó, finalicé mis estudios universtarios, comencé a hacer mis prácticas en DV y allí conocí al presidente de la AFI. Solía acercarse a la redacción para traer material de concursos, de exposiciones, etc. Y un día, por simple curiosidad, le pregunté en qué consistía eso de la AFI. Me invitó a visitar la asociación un lunes y eso hice. Me tranquilizó ver rostros conocidos, pero sobre todo, me tranquilizó ver mujeres.
Comencé a acercarme cada lunes para aprender, pero sobre todo para conocer a personas que compartían gustos parecidos a los míos.
La verdad es que la AFI se ha convertido en una especie de fuerte para mí, es el lugar en el que me olvido de todo y disfruto de dos horas amenas, con personas afines a mí. La AFI me ha dado la posibilidad de conocer a excelentes fotógrafos, maestros de esta expresión artística. También de hacer amistades, algunas nuevas y otras renovadas. Voy al local por estar con ellos, por reírme con ellos y por disfrutar de una conversación distendida con ellos. Por eso, gracias. Ponéis una sonrisa en mi cara cada lunes o cada día que nos vemos por la calle, o quedamos para tomar algo y charlar distendidamente. Gracias. Click.









