E cuando arrivo a casa
June 18th, 2008
Eco! CA-PU-CCI-NO! No, no me lo he tomado nada más llegar a casa, pero siempre me ha gustado esta frase… la de veces que la habré repetido durante mi adolescencia. O no tengo de qué hablar o los temas aparecen por doquier (me pasa igual con todo… me viene siempre todo de golpe… en fin). Y estoy agotada, porque llevo un mes bastante maratoniano y seguirá siéndolo hasta el próximo mes de julio, pero creo que el café que me he tomado esta tarde me ha excitado y no puedo parar de darle a la tecla ahora.
No habituo a tomar café, siempre que voy a un bar/cafetería pido un té con leche… pero esta tarde he quedado con el mejor barista de Euskadi y tras charlar un rato con él, me ha hecho una pequeña demostración de las bebidas que preparó para el certamen. Habíamos hablado con anterioridad, ya que la semana pasada se hizo con el campeonato de Gipuzkoa y ahora, los cafés que prepara este chico han sido considerados los mejores del País Vasco. Como digo, los cafés no son lo mío… me encanta el aroma… eso es cierto, siempre me ha atraído su olor, pero su sabor me parece fuerte. Sólo tomo café cuando tengo la tensión muy baja o no queda otra. Eso sí, siempre me aseguro de echar dos sobres de azúcar. ¡Endulza la vida!
Tras terminar con las preguntas, el barista me ha preparado un capuccino y yo no he podido negarme a tal invitación. Estaba ilusionado. Quería mostrarme por qué sus bebidas habían sido consideradas las mejores. Leche de los Alpes emulsionada, café arábigo y el dibujo de un corazón como presentación me esperaban en el bar. ¿Sin azúcar? ¿Sin un grano de azúcar?
Pues no, no hacía falta endulzarlo… gracias a una emulsión correcta, había conseguido un balance entre el café y la leche, que le daba un sabor perfecto a mi capuccino. Estaba delicioso, la verdad.
No como el primero que tomé en mi vida. Fue en Italia, no podía haber sido en otro lugar. Nos encontrábamos a escasas dos horas de Verona y tras más de dieciocho en el autobús, los profesores del insti decidieron hacer una pequeña parada en un área de servicio. Dos carabinieri charlaban distendidamente en la puerta de la tienda. Mis amigas y yo entramos, y nos dirigimos rápidamente a los baños.
La primera palabra que aprendí en italiano fue uscita. Me hizo gracia este término: “es como excita, pero con us…”, claro que después aprendí que se pronuncia uxita… pero son de esas cosas que se te quedan grabadas. Cuando salí del baño, me dirigí a la barra y en mi pobre italiano pedí un capuccino. Dios, sabía a rayos! Pero pude presumir de haber tomado mi primer capuccino en Italia.
Bella Italia… irónicamente, ni los cafés, ni los gelatto, ni las pizzas que tomé fueron las mejores. El gelatto ni lo llegué a saborear, porque en mi torpeza habitual, nada más salir de la heladería se me cayó al suelo. Pero el viaje a Italia fue único… de los mejores que recuerdo. Lo pasamos tan bien y nos divertimos tanto.
Quizá por eso siempre he querido aprender italiano… en uno de mis estantes, tengo varios fascículos para aprender esta lengua pero, hasta ahora, todo lo que sé decir es mi chiamo Maider y poco más… todo llegará. Al igual que llegará una nueva visita a Italia en un futuro. Para algo lancé dos monedas en la Fontana Di Trevi: una para pedir un deseo (que no puedo revelar porque si lo hago no se cumple) y otra para regresar a Italia. Y sé que volveré, algún día. Lo sé. Tengo que hacerlo, rompí mi máscara del Fantasma de la Ópera y aunque sólo sea por eso, tengo que volver a Italia. Y hasta entonces, buona sera cari amici miei! (algo ya sé, no?).
Esto es lo que pasa cuando termino rendida tras una larga jornada laboral, divago y divago… mi escusi! (ya callo, lo juro).







